jueves, 2 de febrero de 2012

“No me gusta que me etiqueten, porque no me puedo etiquetar yo misma”

Es tiempo de cambios para la periodista y escritora Valeria Schapira. En medio de una mudanza asegura que su mente es un caos y que es una obsesiva de su trabajo. Confiesa que está en una época de modificaciones personales y que desea redireccionar su carrera en la televisión. Además, la rosarina cuenta que disfruta de su soledad, y que dejó atrás el deseo de formar una familia como la de los Ingalls. 

Portada del libro Los Muertos de mi Placard





          La periodista Valeria Schapira aparece puntual a la cita, en un acojedor bar-bodega de Las Cañitas, la zona de Palermo en donde vive. Mientras la música ambiental y relajante suena de fondo, Schapira toma asiento. Ésta vez no está usando los anteojos coloridos con los que usualmente se la ve por televisión; en cambio, sus ojeras denotan cansancio. Lo que sí está presente es el flequillo cortado a regla, que conserva desde el jardín de infantes. Antes de que comience la entrevista pide disculpas por la forma en que había atendido (a las apuradas) el llamado de hace unos días atrás para concretar el encuentro. “Es que estoy en el medio de una mudanza, cambio de trabajo... en el medio de un montón de cosas”, afirma, y agrega que no le queda tiempo para nada. “Mi estado mental es un caos, como siempre.” Pide un café lágrima, y especifica que lo quiere “muy lavado”; entonces empieza la charla.

            -¿Por qué decís que tu vida es siempre un caos?

            - Porque no soy una persona muy convencional, nunca fue ese mi estilo de vida, que al no ser tan ordenado hace más caótico mi vivir. Por ejemplo, soy una obsesiva del trabajo,  no tengo clara la división entre lo que es el laburo y la vida normal, entonces se termina mezclando todo. Además, como trabajo escribiendo, tengo que estar en la computadora todo el tiempo, entonces puedo boludear y a la vez laburar en las redes sociales; el límite entre las dos cosas está muy desdibujado.

            Llega el café, y empieza a hurgar en su cartera. “Estoy buscando mi edulcorante, soy celíaca”, dice Schapira, y continúa hablando sobre las fronteras entre su trabajo y la diversión: “Llega un momento en que no sé cuánto tiempo estuve trabajando y cuánto boludeando.” Remarca que se engancha tanto con las redes sociales, con Twitter sobre todo, porque desde ahí puede sacar ideas para sus escritos, a través de los comentarios que recibe de la gente.

            “No tengo mucha vida social, soy medio para adentro y no me gusta estar con mucha gente, me cansan”, dispara Schapira, y afirma que más de tres, para ella, son multitud: “Salir a un cumpleaños es un esfuerzo sobrehumano.” Pero pide que no se la malinterprete, porque sale casi todos los días a comer o a tomar algo con un selecto grupo de amigos que, por lo general, resulta estar integrado por gente relacionada al ambiente artístico. Entonces el tema de la ausencia de límites entre el trabajo y el placer aparece nuevamente porque, asegura, que de repente se puede encontrar en el estreno de la obra de teatro de uno de sus amigos,  a la que también asiste como parte de la prensa.   

            -¿Preferís estar sola?

            - Sí, siempre fui muy solitaria. Puedo pasar días sin ver a nadie, no es que digo: “Estoy sola en casa, llamo a una amiga o a alguien que venga a hacerme companía”. Disfruto y me llevo muy bien con la soledad, con mis cosas, mi espacio, mi computadora y mis libros. No es un conflicto para mí.

            Como una escritora ermitaña, la mayoría del tiempo trabaja en su casa. En un día común desayuna en un bar, donde pueda estar con su perro, y se queda toda la mañana escribiendo ahí. Después hace trámites y diligencias, y vuelve a su casa, para seguir trabajando. En la tarde sale nuevamente para hacer pilates, y cuando finalmente llega a su hogar se prepara unos mates, para sentarse, otra vez, frente a su computadora.

La mayor parte del tiempo el televisor la acompaña, pero en silencio: “A veces lo prendo un ratito cuando como, o cuando quiero ver las pelotudeces que hay. Siempre fue lo mismo la tele, es entretenimiento, y soy parte de eso en algún punto, no voy a criticar lo que me da de comer”, dice Schapira, y suma: “No voy a hacerme la intelectual y criticar a la televisión. Si tengo ganas de algo que desafíe mi intelecto voy a ver una obra de teatro; y si me da la cabeza... o la vista, aunque ya te digo que estoy cansada de leer cosas, me pongo a devorar un libro.”

-¿Por qué ahora te dedicás más a la escritura que a la televisión?

-Estoy en una época en la que me estoy saliendo de algunos lugares que ocupé, pero de los cuales no reniego, porque fueron mi manera de entrar a los medios de Buenos Aires. Yo soy de Rosario, y hace escasos seis años que estoy acá. Se me dio la oportunidad de estar en algunos programas donde hoy no estaría, a mí la vida de Wanda Nara, por ejemplo, me chupa un huevo. Nunca me interesó trabajar en los chimentos, yo vine acá a trabajar en Acoso Textual, que empezó como un programa de mujeres, después por cuestiones de rating se terminó desvirtuando. De repente me vi envuelta en esa movida, que no era lo mío, y que nunca lo será. 

-¿Qué es, entonces, lo tuyo?

-(Piensa) No sé. Hace 10 años hacía documentales en Polonia, en los campos de concentración, viendo las tumbas de los muertos en el Holocausto. Hoy por hoy me dedico a escribir libros sobre vínculos, y también quiero hacer un programa de entrevistas, que son mi especialidad. Mañana no sé que voy a estar haciendo; a veces la gente se incomoda por no saber dónde encasillarte.

El cambio en su vida no es solamente profesional, sino que también personal. El tono de la conversación cambia y se puede notar un aire de nostalgia en la voz de la escritora cuando habla sobre cuáles fueron las motivaciones que la llevaron a escribir su último libro, Los muertos de mi placard, donde trata de encontrar las respuestas a por qué fallaron sus relaciones amorosas. A partir de esa experiencia, Schapira rescata que ya no se quedará más con monólogos, y que todo lo que quiera saber lo va a preguntar. Pero aún así, confiesa que algunos de los resultados le hicieron daño: “Descubrí que con algunos hombres directamente no estaba, o sólo estaba en mi imaginación. Es el amor platónico, construía a mi pareja en mi fantasía. Pero ya no sigo gastando energía en algo que no existe. A veces es más cómoda la ficción que la realidad.”

Después de un divorcio ya no le quedan ganas de formar una familia como la de los Ingalls. “Ya lo intenté y no resultó”, dice Schapira, y continúa: “Los modelos típicos de hogar no me funcionan, hay otras alternativas”. Entusiasmada, habla seducida por la idea de romper convenciones y poder tener un hijo, pero con una pareja con cama afuera. De todas maneras no descarta que pueda volver a enamorarse y casarse de blanco.  

-¿Por qué siempre querés salirte de lo convencional?

-Eso vino con la lectura, y mi pasión por los libros. Siempre leía vorázmente, como una forma de escaparle a lo tradicional que tenía mi familia, con un papá abogado y una mamá bibliotecaria. Yo aprendí a leer sola, y siempre fui una rata de biblioteca, me gustaba leer mucho, ahora no tanto porque no tengo tiempo, ni ganas.

Señala que en medio de su caótica mudanza encontró algunos diarios íntimos de su infancia. “Casi los tiro a la mierda”, dice Schapira; pero al final decidió guardarlos. El personaje alegre de la televisión se empieza a diluir, y da paso a los costados más oscuros de su vida. Cuando se le pregunta qué le provocan esos recuerdos de su infancia, responde:  “Me muestran cómo me ha golpeado la vida, en esa época pegaba calcos, escribía sobre cada vez que iba a la plaza, y después uno pasa por cosas, como todos. Pero fijate que en el medio hice mucho, trabajé en Inglaterra, volví a la Argentina... Me cuestan muchos los cambios, y una vez que cambié ya no me gusta volver atrás, pero bueno, así estaban dadas las cosas, y las cosas por algo se dan.”

-¿Te entregás al destino?

-Nunca, pero sí aprendí que hay que fluir con algunas circunstancias. Si me entregara al destino estaría reventada de la cabeza, tampoco tuve una vida fácil. Tuve un montón de quilombos y tragedias familiares que supongo que a muchos les habrá pasado. Mis viejos murieron cuando yo era muy jóven y me tocó salir a pelearla. Tuve que luchar contra el destino, no tuve eso de decir “mamá me espera con la comida”, vivo sola desde los 20 años. Me fui haciendo fuerte a fuerza de golpes, y llegué a Buenos Aires por estudiar, romperme el alma, y que me cierren puertas en la cara, pero sin rendirme. 

Su teléfono Blackberry decorado con brillantes rosados interrumpe la entrevista, y al fin aparecen los anteojos de colores, que la periodista se pone para poder visualizar la pequeña pantalla. Schapira se toma unos minutos para responder, suspira y dice: “No tengo tiempo para contestarle a todo el mundo. Cuando no tenés tiempo de ir al supermercado a comprar el morfi para la noche te das cuenta de que no te alcanza la vida.”

-Antes de que suene tu teléfono me hablabas de lo que te costó llegar adonde estás. ¿Tenés incertidumbres sobre tu futuro laboral?

-Estoy llena de miedos e incertidumbres, de lo contrario no sería humana, pero sé que trabajo no me va a faltar, porque me rompo el alma, estoy todo el tiempo generando cosas. De última me pondré a hacer alfajores para salir a venderlos por la calle. Miedo tengo a las enfermedades, o al abandono. Son los mismos miedos que tiene cualquier hijo de vecino. A la muerte sí que no le temo, ya somos amigas con ella. 

Queda poco tiempo antes de que Schapira parta a su sesión de pilates, y para el final se le pide que se defina; rápidamente y con mucha seguridad, afirma: “Soy una mujer inclasificable, no entro en ningún casillero. No me gusta que me etiqueten, porque no me puedo etiquetar yo misma.”

 Por Maximiliano Vilca Julio 2011

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